martes, 27 de julio de 2021
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Un año de soledad

Donón con el Monte del Facho y las Islas Cíes

En este mes de julio se ha cumplido un año desde que mi familia se marchó a Corea a pasar un verano que ya dura doce meses.

En julio de 2020, cuando parecía que el monstruo del coronavirus aflojaba la garra con la que aplasta nuestra normalidad, mi esposa y las niñas se fueron a Corea a ver a su familia. Todo se complicó con el auge de la segunda ola, que causó la cancelación del vuelo de vuelta. Ante la incertidumbre sobre el discurrir del curso escolar en España, decidieron quedarse allí hasta Navidades. Aparte de cuestiones educativas, el punto importante es que en Corea la pandemia siempre estuvo mucho mejor controlada que en España, con menos restricciones impuestas pero más medidas preventivas adoptadas, y sobre todo muchos menos casos y muertes.

Ahora sabemos que el curso escolar transcurrió sin mayores problemas, pero a principios de septiembre de 2020 todo eran dudas, no se sabía si habría clases presenciales y en qué condiciones, y el desastre del curso anterior no presagiaba nada bueno. Por eso, la decisión de que pasaran allí unos meses parecía una buena oportunidad para que estuvieran más seguras, Sonia fuera a academias para recuperar el año perdido, y Elsa aprendiera por fin a desenvolverse en coreano de manera fluida.

Llegó la Navidad, en plena tercera ola, y la situación se extendió a marzo, que es el inicio del curso escolar en Corea. En ese momento clave, con el coronavirus aún rampante y un ritmo de vacunación más lento de lo esperado, se hizo difícil justificar salir de un país seguro a uno donde seguía reinando la incertidumbre, por lo que comenzaron el curso en Corea.

Durante todo este tiempo, yo consultaba las noticias a la espera de un cambio en las restricciones impuestas a los viajeros entrantes en Corea. Resulta que en marzo del año pasado, cuando todo era una locura, España canceló la exención de visados de turista -esa facilidad por la que se puede viajar a un país sin visado para estancias de hasta tres meses- para los ciudadanos de Corea del Sur, ante lo que Corea reaccionó con reciprocidad tal como se suele hacer en estos temas diplomáticos. Lo extraño fue cuando, unos meses más tarde, España y la Unión Europea levantaron esta restricción pero Corea del Sur decidió mantenerla.

La exención de visado no es un gran problema, ya que se soluciona con un viajecito a la Embajada de Corea del Sur en Madrid para pedir un visado como familiar y una espera de aproximadamente un mes antes del viaje. Tampoco es complicado hacerse una PCR antes del viaje y otra a la llegada. La mayor dificultad es la cuarentena obligatoria de dos semanas que se impone a todas las personas que entran en el país, tanto coreanos como extranjeros, y que solo termina con el resultado negativo de una tercera PCR. Esta cuarentena es estricta, monitorizada por una aplicación instalada en el móvil y vigilada con llamadas de teléfono. Se puede hacer en un domicilio propio o alquilado, o bien en un centro del Gobierno por un coste de dos millones de wones. Es decir, viajar a Corea en pandemia implica pedir visado en Madrid, esperar un mes a la concesión, volar hacia allí, pasar dos semanas encerrado y hacerse tres pruebas PCR. Ante tanta complicación, fui aplicando el "wait and see". Y así hasta ahora.

Lo cierto es que doce meses sin estar con ellas ya van pesando demasiado. Y menos mal que existe internet, podemos hacer videollamadas casi diarias y recibo fotos y vídeos directamente en el móvil.  El contacto digital atenúa la necesidad de cercanía y convivencia, pero no es lo mismo. Doce meses son medio centenar de semanas, y en tanto tiempo han sucedido muchas cosas que he tenido que vivir a distancia.

Ahora están en las vacaciones de verano, un parón escolar que este año dura mes y medio. El plan es que regresen a principios de septiembre para comenzar el curso en España. El problema es que ya están muy adaptadas a la vida de allí. Me preocupa sobre todo el caso de Sonia, que ya tiene una edad en la cambiar de país no es tan sencillo. Su mundo de Corea incluye clases de inglés y piano, que disfruta enormemente, una escuela en la que está aprendiendo mucho y, sobre todo, amigas. No va a ser fácil convencerla de regresar.

Pase lo que pase, tengo claro que esto no se puede extender por mucho más tiempo. Si ellas no vienen, iré yo. Aunque sea de manera temporal, porque una mudanza a Corea hoy por hoy no la veo con la misma confianza ni ilusión que tenía cuando fuimos hace once años.

Mientras tanto, estos meses no han sido perdidos. He trabajado y ahorrado lo máximo posible como preparación ante lo que pueda pasar. Estoy comiendo sano y haciendo deporte, con dos o tres trotes por semana. Me he formado bastante en análisis de empresas e inversión. Y recientemente he rescatado una antigua idea para una página web y la estoy poniendo en marcha. Este último proyecto me hace una especial ilusión y estoy deseando que vea la luz por fin.
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2 comentarios EN BLOGGER
  1. Ánimo.. Mi hija por fin viene después de 1 año y 8 meses, pero como dices, los interneses nos han mantenido, al menos, más tranquilos. Besicos y abrazos para los 4!!

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  2. Muchísimos ánimos Felipe, espero que esa situación se pueda solucionar pronto y puedas ver a tus chicas en breve.

    Un fuerte abrazo

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